Hace un tiempo leí el excelente libro de Colette Balmain Introduction to Japanese Horror Film. Ahí se explica que el cine japonés ha funcionado como una suerte de catarsis de los sucesos que han marcado su historia reciente. El ejemplo más obvio puede ser el de Godzila / Gojira (1954), monstruo que emerge del mar y amenaza con destruir Japón del mismo modo en que Estados Unidos y las bombas atómicas lo hicieron nueve años antes. Si aceptamos esta premisa -y no hay motivos para desconfiar de ella si leemos con atención el trabajo de Balmain- podemos analizar el cine de terror / horror japonés desde el punto de vista de quién desea entender cuáles son los miedos o los traumas de la sociedad japonesa en un período o momento determinado.
Por lo tanto, si Gojira representaba la amenaza nuclear y Ugetzu (1953) la ocupación norteamericana que finalizaba solo un año antes, es posible afirmar que una de las improntas del cine japonés de finales del siglo pasado e inicios del presente es la de la amenaza que representa la tecnología, particularmente la telefonía móvil e internet. De esos años tenemos películas que van desde Pulse hasta Ringu (1998) y desde One missed call (2004) hasta Suicide Club (2002) o Premonition (2004). Sin embargo no se trata de una crítica a la tecnología per se sino que la misma parece surgir como resultado de la cosmovisión folclórica y religiosa japonesa. Para explicar mejor esto, propongo hacer un recorrido a propósito de Pulse y, ya que estamos, para hacer un análisis del film.
Sabemos que una de las tantas diferencias entre las concepciones filosóficas, espirituales y religiosas entre Occidente y Oriente es la de que, a diferencia de lo que ocurre en el mundo occidental, en el mundo oriental no existe una separación tajante entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Esos mundos transcurren paralelamente pero hay algunos puentes o puntos de contacto entre uno y otro. Las superficies espejadas y el agua son, probablemente, las dos que más recurrentes en el cine de terror asiático pero no son los únicos y es aquí donde entra la tecnología: dispositivos como las cámaras y los videos, los teléfonos, las pantallas e internet han sido incorporados por el cine oriental como formas modernas de espejos o esa zonas limítrofes entre nuestro mundo y el espiritual.
La aparición y masificación de todos estos dispositivos vino a generar una nueva perspectiva sobre una cuestión tradicional en el universo espiritual japonés: la comunicación entre vivos y muertos pero no ya mediada a través de las costumbres, los rituales y los sacerdotes sino a través de decenas de millones de dispositivos que funcionan como nuevos portales que son manipulados sin ser considerados como tales. Esta base es la misma para muchos films en los que se plantea un vínculo argumental entre tecnología y fantasmas. Sin embargo, Pulse ofrece algo más. La película va más allá del hecho de que las pantallas de nuestros teléfonos se asemejan a espejos o que las cámaras de nuestras computadoras son capaces de capturar energía proveniente de un alma en pena. En Pulse hay un fuerte e interesante interpretación sociológica y psicológica de lo que la tecnología provoca en los seres humanos, más allá de lo que lo paranormal pueda aportar a la trama.
Si Pulse fuese una película del 2026 seguramente diríamos que es un buen reflejo de lo que estadísticas, investigaciones y titulares periodísticos muestran a diario. La relación entre el uso de las redes, la depresión y el suicidio, la soledad como la gran pandemia de nuestro siglo, etc. Pero este film fue -conviene recordarlo aquí- lanzado hace 25 años, cuando internet comenzaba realmente a ser masivo, cuando los teléfonos aún eran "tontos" y la conectividad no se daba como algo natural. Cuando en un diálogo escuchamos la pregunta: "Te abonaste a internet, ¿por qué lo has hecho?", nos encontramos con la pregunta que ya lo dice todo. Para qué quieres internet le pregunta luego una de las protagonistas a su interlocutor y él le responde "pensándolo bien, no lo sé. Tal vez porque lo hacen todos". E inmediatamente, el film nos ahorra 25 años de investigaciones y, sobre todo, de estragos sobre generaciones y generaciones de jóvenes enteras al explicar que, a través de internet, "la gente no se conecta entre sí realmente. Todos nosotros vivimos totalmente aislados".
Ahora bien, vayamos un segundo con los espíritus. Los espíritus que comparten una parte de nuestro universo espacio-temporal vagan eternamente penando y la razón de esa pena no es la de haber muerto y haber dejado atrás todo lo material sino que es la misma causa por la que penan los seres humanos: la soledad. “Por siempre la muerte fue eterna soledad”, confiesa un alma penante a un personaje que, aún estando vivo, comparte exactamente la misma pena mostrando que, en realidad, las diferencias entre espíritus y seres vivos tienden a diluirse. Podría decirse (pero no me extenderé en esto aquí) que lo que constituye al ser en un caso y el otro es la misma: alma en pena y ser humano son determinados en su pena, en su sentir y en el propósito de su existencia a partir de encontrarse en total soledad.
En concreto sobre el film diré que, a nivel simbólico y estético, Pulse es una maravilla. Es cierto que la oscuridad en la que se desarrollan muchas de las escenas puede resultar un poco molesta pero se encuentra justificado por el contexto argumental. El tono ocre que domina al resto de las escenas le da una atmósfera que personalmente extraño de los films de aquellos años. El uso de las cintas rojas utilizadas para señalar las habitaciones prohibidas (aquellas en donde se cometieron suicidios o hubo apariciones) resalta fuertemente ante los grises y ocres dándole un efecto muy potente.
En lo argumental, me resulta muy interesante el hecho de que los espíritus puedan utilizar estos nuevos puentes con nuestro mundo para comunicar su angustia y, al hacerlo, terminar provocando una gran depresión en quienes sienten que la vida ya no tiene sentido. Sea por suicidio o por abandono, el efecto es el mismo: aquellos que se han comunicado con los espíritus y han compartido su angustia terminan visualmente transformándose en manchas en la pared, hermosa metáfora de ser una sombra de aquello que fuimos. Hay una escena de un dramatismo poético excelso, y vemos a una de las protagonistas disolverse delante de los ojos de su amiga. No es la única escena que alcanza este nivel de dramatismo... Pero pienso que ya es momento de dejar de leer e ir a verla una vez más.




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