viernes, 24 de julio de 2026

El Club del Suicidio - Suicide Club (Sion Sono, Japón 2001)

Otro clásico y, como todo clásico, vale la pena volver a verlo. Pero, ¿por qué? Fundamentalmente porque es una película perturbadora. Es perturbadora porque la sola idea de que decenas de jóvenes salten a la vez al vacío o se arrojen debajo de un tren es, pienso, lo suficientemente fuerte como para conmovernos. Pero la otra razón por la que El Club del Suicidio logra inquietarnos es porque muestra algo sumamente actual: la percepción de que la muerte -sea propia o ajena- es algo que se puede experimentar como parte de un juego. Si alguna vez te corrió un escalofrío al leer titulares en los que un asesino declara que ha matado porque "quería ver que se sentía" o que un adolescente se suicida como parte de un desafío de Tik Tok, hay que ver este film. Vamos al análisis.


Hay tanto contenido en Suicide Club que voy a priorizar las líneas de análisis que anticipé en el resumen. El planteo del film es, una vez más, aquel que comentamos al inicio del análisis que hice para el film Pulse: la tecnología representa una amenaza pero no porque sea en sí misma mala sino porque los seres humanos tienden a vincularse con las computadoras y los teléfonos móviles en un doble proceso en el que se aíslan del resto de las personas mientras depositan en estos dispositivos toda su atención hasta llegar al punto de perder la capacidad de dilucidar qué es realidad y qué ficción. Aquí no hay nada que no sepamos al leer las noticias o los estudios que advierten sobre este fenómeno en la actualidad pero -digámoslo una vez más- recordemos que el film es del año 2001. Aquí las redes sociales no existían y, sin embargo, Suicide Club comienza con el suicidio masivo de un grupo de adolescentes que tomaron contacto con una suerte de proto red social en la se los insta -aunque de maneras bastante crípticas- a suicidarse. Clases completas de estudiantes secundarios se paran al borde de un anden y, tomados de las manos, cantan una canción antes de arrojarse bajo el tren. Mientras la policía discute si se trata de una acción criminal o no (dejemos de lado el rol de la policía en el film) transcurre una de las escenas que me resultan más perturbadoras.


Un grupo de estudiantes están comentando el episodio sucedido en la estación de trenes el día anterior. Intentan entender qué es lo que los impulsó a realizar ese ritual y uno de ellos bromea con que ellos también deberían saltar. El resto ríe pero, como si todo fuese una suerte de broma, comienzan a relatar cómo sería hacerlo y que ellos también tienen que hacerlo porque, aunque no está dicho explícitamente, ellos también pueden hacerlo. Pueden en el sentido de demostrar que también son capaces de hacer algo que, de alguna manera, ha capturado la atención de todo el mundo. Unos minutos después, y aún entre risas, los integrantes del grupo se suben a una cornisa, se toman de la mano y saltan al vacío. Solo un par de ellos quedan paralizados y no saltan. A uno de ellos le escuchamos decir luego, entre sollozos, "pensé que era un juego".


Los límites entre la ficción (o un juego) y la realidad es algo que muchas veces aparece como difuso cuando leemos noticias en los que una persona ha cometido un asesinato solo para tener la experiencia de haberle quitado la vida a otra persona. La liviandad nos hace sospechar que no se tiene real conciencia de lo que se hizo. Ejemplos hay muchos. También hay ejemplos de atentados terroristas en los que el asesino recreó la pantalla de un videojuego mientras transmitía en vivo cómo asesinaba a decenas de personas (por ejemplo, en el atentado de Chrischurch, Nueva Zelanda en 2019). Pero también podríamos pensar en cómo la ficción performa la percepción subjetiva de la realidad. Es cierto que esto no es nuevo, no podemos achacarle esto a las Redes Sociales o a internet. El debate tiene sus años y comenzó, al menos hasta donde yo sé, con Platón y Aristóteles discutiendo sobre si el teatro hace bien al ánimo de las personas o no al transmitirles la furia, la pasión o la tristeza que viven los héroes y heroínas en sus representaciones. Platón -aquí hay un spoiler aunque el libro tiene unos 2300 años- decía que las personas no pueden distinguir entre ficción y realidad y, al terminar la obra, se "llevan" consigo los sentimientos que perturban e influyen en las conductas de las personas. Más recientemente, el filósofo alemán Theodor Adorno dijo que el cine nos imponía la forma en la que podíamos acercarnos a hablarle a alguien en un bar (el vaso de whisky del galán y el cigarrillo de la femme fatale). Abundan también los estudios que demuestran que las personas buscan replicar aquello que ven en el porno sin importar si eso que ven es posible o criminal. Aquí tenemos el que es, probablemente, el gran acierto de Suicide Club: plantearnos la incapacidad de las personas para distinguir realidad de ficción mientras éstas se encuentran cada vez más sumergidas en dispositivos que, antes de haber sido creados para comunicarnos, fueron concebidos para controlar y manipular.


Hay variadas críticas a lo largo de los 100 minutos del film. La policía y la prensa reciben sus merecidas cuotas aunque me quedo con ganas de que la escuela tuviese un rol más presente teniendo en cuenta que buena parte del film trata de adolescentes. De todas formas El Club del Suicidio es una película fundamental tanto si somos amantes del cine oriental como si nos interesa pensar algunas de las dinámicas que se dan en torno a las redes sociales y aclaro que, si bien el film se centra en los adolescentes, deja en claro (y muy explícitamente) que esto también afecta a los adultos. A la luz de lo que vemos día a día en las noticias, ¿nos cabe alguna duda de que hay que ver Suicide Club?







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